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Nunca he podido resistirme a los dulces, chocolate sobretodo, pasteles, pasteleras o pastelitos los cuales, al otro lado de los cristales de las pastelerías, invitan a reventar la bascula como si de la estrella de la muerte se tratase.
Dicen que el chocolate es un sustituto del sexo. Si eso fuese cierto yo, además de pesar 187 kilos, sería un semental con una vida plena de hazañas sexuales solo superada por Berlusconi.
Devoro cantidades ingentes de chocolate en cualquier presentación y momento y pese a ello, mis hazañas sexuales pueden ser fácilmente superadas por el papa Benedicto XVI o el maniquí de un aparador en rebajas.
Porque la verdad es que chocolate no es sexo de la misma manera que Justin Bieber no es música. Pongamos las cosas en su sitio.
Ver video: Los reyes magos EXISTEN!. Un corto del genial Alberto González.
Imagen: flickr, flan de leche. Nuestra redacción |
Hace años conocí a una Argentina adicta al dulce de leche. Nunca he entendido ese postre, tampoco a los argentinos. No voy a entrar en detalles que les den argumentos para llamarme racista, clasista o lo que sea, pero ya saben como son los argentinos con sus cosas.
Ella no paraba de repetir que el dulce de leche era mejor que el chocolate, mejor que cualquier dulce. Era lo mejor del mundo, solo comparable a Messi o Maradona. ¿Cuando tienes sexo a mano quien quiere chocolate? O dulce de leche. Tampoco pensaba deleitarme con la visión de unos adultos vestidos como niños corriendo detrás de una pelota.
Somos animales de costumbres y mi costumbre consiste en que no debes cambiar tus hábitos a no ser que puedas conseguir sexo fácilmente. Los hombres somos cínicos para protegernos, orgullosos por naturaleza y calzonazos por placer.
Yo estaba a punto de confirmar las tres cosas.
Conocí a la argentina en un supermercado, estaba ella protestando sola delante de un estante lleno de comida y mis 187 kilos la obligaron a apartarse para que pudiese pasar sin aplastarla. Sin pensarlo doce veces le pregunté por que había estado quejándose.
Dos horas mas tarde estábamos en un bar tomando una cerveza y ella aun continuaba quejándose de todo, incluso de ella misma. Yo apenas había abierto la boca mas que para dejar caer la cerveza por mi gaznate.
He aguantado cosas peores para conseguir fornicio. Cuatro horas mas tarde nos despedimos con la promesa común de volver a encontrarnos y la promesa por mi parte de que probaría ese dulce de leche del que ella hablaba maravillas. Volví a casa solo, me senté en el sofá y emulando a cualquier protagonista de "Sexo en Nueva York" me zampe un cubo entero de helado de chocolate sin conseguir mas placer que el dolor de mis empastes gritando que dejare se masticar el Polo Norte.
Dos días mas tarde nos encontramos en un bar. Yo, una mujer y un bar, menuda novedad. Ella traía una especie de vasito de plástico lleno de dulce de leche. Sacó una cuchara, la introdujo en aquella pasta marrón y después la metió en mi boca. No me resistí. Cosas peores me han metido en la boca a traición. Y no todas dulces.
-¿Que opinas?
-Tiene un ligero regusto a roble, sabor afrutado con un primer impacto de cerezas. Intenso. Estructurado. Notas de aceituna madura envuelven a las cerezas. Fondo de notas minerales y especias.
Que quieren que les diga. Había elucubrado con que íbamos a tomar vino y había memorizado esa descripción de una revista de vinos que le había robado a un vecino del buzón.
-¿Pero que dices?
-Está demasiado dulce -contesté rápidamente intentando que ella olvidase la estupidez que acababa de publicar yo a los cuatro vientos.
-Pues claro... es dulce.
-Prefiero el chocolate.
-Tienes que ser mas receptivo, estar abierto a otros sabores.
-Entonces prueba tu el chocolate.
-¿Por que debería hacerlo? -repitió ella ofendida- El dulce de leche es infinitamente mejor.
Como pueden imaginar, nuestra relación acabó ahí. El cínico y el orgulloso acababan de asesinar al calzonazos. Una vez al año pruebo el dulce de leche para recordar lo que era. Solo una vez. Por si otra argentina se cruza en mi vida... no vaya a ser que me guste. |