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Regularmente suelo encontrarme con unos amigos para descubrir nuevos restaurantes en nuestra ciudad. Se que esto puede parecerles una utopía: que yo tenga amigos me refiero.
Los tengo aunque mi esfuerzo me cuesta, no crean. Podrán reconocerme como el amigo que suele presentarse voluntario para mudanzas, compras, reparaciones, pintar pisos, acompañar al medico o cuidar de los animales de los demás cuando se van de vacaciones. (incluyendo suegros o padres en la categoría de "animales")
Créanme cuando les digo que la mejor manera de conservar un amigo es hacerle gratis todo cuanto los demás lo hacen cobrando.
Menos el sexo, claro. Bueno, si ellas son amigas y ustedes son terriblemente afortunados quizás pueden añadir “sexo” a la ecuación de la amistad. Bien por ustedes.
Imagen: Nuestra redacción |
Mis amigos pueden contarse con los dedos de una mano, exactamente cinco es el numero de personas con quienes me reúno conformando un grupo de seis personas que tanto jode a los camareros que siempre pretenden 4 u 8 comensales. Menos los de los restaurantes chinos que aunque vean llegar a un enfurecido Braveheart con su séquito de doscientos hambrientos luchadores por la libertad, siempre preguntan "¿mesa para dos?".
Tengo la teoría de que en el sistema numérico chino no van mas allá del dos. Pero resultó que nosotros éramos seis: tres hombres y tres mujeres. Para los despistados yo soy uno de los hombres. y para los maliciosos ninguna de las tres mujeres quería nada sexual conmigo. Gracias a Dios tampoco los hombres.
Cada vez nos toca a uno escoger el restaurante y en esta ocasión era mi turno así que haciéndome el moderno escogí un restaurante de diseño que había visto recomendado en un suplemento dominical. Craso error. Nunca se fíen de los dominicales donde todo resulta bonito y resplandeciente.
Nunca dicen que un libro es aburrido, nunca aparece una modelo mal vestida ni hay entrevistas soporíferas a políticos en declive. Los dominicales de los diarios son como el escaparate de “El Corte Ingles” o como una mujer madura dentro de un corsé: un engaño.
Quedamos los seis en la puerta del restaurante. Gracias a Dios llegué el último porque sino nunca hubiese encontrado el lugar. Mis amigos esperaban junto a una puerta de garaje pintada de color negro. Era la puerta del restaurante moderno. Les saludé a todos estrechando la mano de los hombres y besando en la mejilla a las mujeres (es una mala idea hacer lo contrario siendo heterosexual) y empujamos con fuerza la puerta de garaje para entrar en el restaurante.
Dentro, al final de un pasillo mal iluminado, parecía esperarnos un asesino en serie, o quizás el guardián de las llaves o puede que un maitre. En estos vergeles del diseño es común confundir el camarero con el aparcacoches o quizás con la encargada de la limpieza.
Miren que era sencillo: las batas o los uniformes de toda la vida. Blanco o negro, es simple. Pero no. Ahora todos visten extraños uniformes de diseño. Creo que nos aparcó el coche la señora de la limpieza y nos sirvió el aparcacoches . Respecto a la comida dudo aun quien fue el responsable de pertrechar tal tragedia. Ahora sabrán el porque.
Tomamos asiento en una especie de mesa redonda que en realidad era un octógono mal iluminado y junto a una especie de cascada de agua y nos dispusimos a leer la carta del restaurante. Al cabo de diez minutos seguíamos leyendo sin entender si aquello eran platos un juego de palabras. Puede que se hubiesen equivocado y nos hubiesen dado crucigramas. Recé porque la cifra a la derecha no fuese el precio. Mis amigos me miraban con la firmeza de quien sabe que esa misma noche va a perder un amigo (gilipollas) para siempre.
-¿Compartimos un timbal de guisantes de primero? -pregunté como quien no quería la cosa.
El timbal de guisantes resulto tener solo 5 guisantes flotando en una especie de crema de calabaza dentro de un timbal de galleta. Por supuesto yo fui quien se quedó sin su guisante.
De segundos pedimos varios platos diferentes con la esperanza de poder probar los unos de los otros. Cuando los trajeron nos dimos cuenta que el tamaño de las raciones no invitaba a compartir nada sino mas bien a pedir media docena de bocadillos en el primer bar que encontrásemos solo salir del restaurante.
Mi plato era “costillar de cordero caramelizado al aroma de eneldo con envolvente de crujiente de remolacha francesa”.
En lugar de eso me trajeron un plato de postre con una especie de pan rojo encima. Observé de reojo a mis ya ex-amigos quienes daban vueltas a sus propios platos de postre intentando adivinar que diablos iban a meterse en la boca. Las mas desconfiadas eran las tres mujeres. Suele suceder.
Levanté mi mano y llamé la atención del camarero, maitre, señora de la limpieza, transexual cantador de coplas o quien fuera que fuese el tipo que nos había servido la comida. Bueno, que nos había traído aquellos platitos.
-Disculpe -dije yo mostrando la que en esos momentos podía ser mi mejor sonrisa- Este plato de costillas de cabrito tiene un problema. No veo las costillas ni aún menos el cabrito.
-¿Ha probado usted a mirar debajo del crujiente de remolacha?
-Diablos, nunca hubiese imaginado que se trataba de un juego. Vamos a ver...
Y diciendo esto levanté con cuidado el diminuto crujiente de remolacha para descubrir un -aun mas diminuto- pedazo de costilla de cabrito. O quizás se tratase de un trozo de regaliz chamuscado, a primera vista era difícil diferenciarlos aunque cuando me lo metí en la boca tampoco conseguí nuevas pistas. 135 euros (mas IVA) costaba aquella adivinanza.
Cerca de 1500 euros (mas IVA) costó aquella cena. A mi me costó mucho mas. Ahora no puedo contar los amigos con los dedos de una mano. No porque nadie me haya cortado los dedos sino porque he perdido los únicos amigos que me quedaban.
Lo mejor de la noche en el restaurante de diseño fueron los grasientos bocadillos de panceta que nos comimos en un mugriento bar a la salida de lo que se suponía había sido una cena.
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