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Me encuentro recuperándome de un accidente de burro que me mantuvo durante 49 días en una cama de hospital. Ahora, de vuelta a la realidad, camino con un brazo en cabestrillo esperando que pasen las semanas y que llegue el día en que mi brazo derecho vuelva a ser el que era para acometer todas esas obscenidades que han adivinado.
Cuando uno se enfrenta a estas situaciones suele rebajar su escepticismo y comenzar a creer en cualquier cosa que le prometa que todo irá mejor.
Cualquier esperanza en forma de terapia o medicina sean del tipo que sean siempre son bienvenidas.
No hay mayor crédulo que el que necesita creer y aunque esto parece una obviedad, no nos damos cuenta de las obviedades hasta que nos explotan en las narices.
Imagen: Nuestra redacción |
La semana pasada, cuando volvía a casa de rehabilitación, pasé por delante de un local que anunciaba unas terapias que prometían la sanación de todos los males, desde la impotencia al mal aliento. Pero lo que mas llamó mi atención fue la palabra “gratuito” que acompañaba al texto y que me hizo lanzar al interior del local donde me encontré con una muchacha vestida con una especie de túnica azul y rodeada de extraños símbolos, velas e incienso. Un remanso de paz que rompí con mi voz...
-Vengo por lo de las sesiones gratuitas esas que anuncian con la foto de un calvo gordo que parece que está aplastando algo -dije alegremente.
-Es un monje y está rezando -replicó la mujer con expresión de fastidio.
-¿Pero son gratis?
-Por supuesto.
-De acuerdo, entonces es un monje rezando, lo que usted diga. Mi nombre es Fernando Gilipollas.
-¿Se llama realmente así?
Con un estudiado movimiento saqué mi carné de identidad de la billetera y se lo planté hábilmente en la cara. He de decir que también cayeron al suelo mis cinco tarjetas de crédito caducadas, once monedas de cinco céntimos, un condón caducado y doce sobres de azúcar. Pero el carné estaba frente a la mujer quien apuntó mi nombre en una especie de lista.
-¿Ha traido usted el mandruth? -preguntó ella.
-Si supiese lo que es un mandruth podría contestar.
-Una bola de meditación.
-Tengo bolas pero no se si son de meditación.
-¿Eso ha sido un chiste?
-También.
-Sin una bola mandruth no puede acceder al curso.
-¿Dónde venden esas bolas?
-Solamente aquí.
-¿Y cuanto cuestan cada una?
-Once euros.
-Dijo usted que el curso era gratuito.
-Lo es. Puede usted venir con su bola propia mandruth.
-De acuerdo. Compraré una de esas bolas.
-Y acuerdese de la túnica naranja.
-Tengo un albornoz azul.
-He dicho "túnica naranja".
-¿Un pijama morado?
La mujer negó con la cabeza y sacó una especie de catálogo con fotos de túnicas naranjas. Por desgracia dentro de las túnicas los modelos eran todos gordos y calvos. Como si no tuviese suficiente con verme todos los días en el espejo del baño. Bueno, en la media docena de espejos que tengo en el baño.
-No me diga mas -comencé- solo ustedes venden las túnicas naranjas.
-No, puede comprarlas en cualquier lugar pero aquí son mas baratas.
-¿Tendrán de mi talla?
-Por supuesto. Serán 45 euros mas.
-Llevamos ya 56 euros. ¿Necesito pagar algo mas?
-Supongo que tiene usted sandalias.
-Tengo unas sandalias de playa, de plástico.
-El plástico es contaminante y en la sala de meditación Bururghandu solo se puede entrar con productos naturales, unas sandalias de cáñamo, por ejemplo, o cualquier otro producto ecológico y sostenible.
-No me diga mas. Ustedes las venden. No quiero saber el precio. Póngame cuarto y mitad de sandalias. ¿Algo mas?
-No.
-¿Entonces puedo acceder al curso?
-Claro. Puede ir a los vestuarios a cambiarse. ¿Tiene una taquilla asignada?
-Por supuesto que no, es la primera vez que vengo aquí.
Aunque algo me decía que sería la última.
-El alquiler de taquillas es cinco euros al mes -informó la mujer.
-Suma y sigue. ¿Que es lo siguiente que hay que pagar para acceder al curso gratuito?
-Nada, aunque si quiere puede dar un donativo para ayudar al pueblo Bundri de las montañas del Tharhama.
-Con todo lo que he pagado pensaba que ya era dueño de toda la montaña.
-Solo son 3 euros.
-Claro mujer, ayudemos al pueblo ese. ¿Entonces a cuanto sube el total?
-72 euros. ¿Pago en efectivo, transferencia bancaria, talón o tarjeta de crédito?
-Mire usted, los billetes tienen tintas contaminantes, la transferencia bancaria la haría a través de Internet que consume electricidad, el talón es papel que hace que la selva amazónica se convierta en un chiquipark y la tarjeta de crédito es de plástico no reciclable... así que si me permite le pagaré en algo que es biodegradable, no contaminante y que además podrá usted utilizar para abonar los campos de arroz de las montañas de Tharhama.
Y diciendo esto me bajé los pantalones y haciendo fuerza saqué lo mejor de mi en forma de abono natural que quedó en el suelo como testimonio de mi buena voluntad de efectuar un pago ecológico y sostenible. Minutos después cuatro orondos monjes vestidos con sus túnicas naranjas y sus sandalias de cáñamo comenzaron a golpearme con sus bolas.
Sus bolas mandruth, me refiero.
Ni que decir tiene que no me dejaron acceder al curso gratuito. Para que luego digan que las terapias alternativas generan paz y buen rollo.
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