El término comida rápida o fast food no es un invento reciente ni originario de Estados Unidos. La comida rápida ha existido desde siempre, adaptada a las costumbres de los distintos países. Sin ir más lejos, en España, como ejemplos de comida rápida se pueden citar el clasico bocadillo y las populares tapas, y otro ejemplo cercano fuera de nuestras fronteras se puede encontrar en las famosas pizzas italianas.
Cuando se abusa del fast food, la alimentación se convierte en algo monótono, y su ingesta pasa a sustituir la de muchos alimentos básicos. Por ejemplo, tomar una hamburguesa acompañada de unas patatas fritas, una bebida refrescante y un helado, dejando a un lado una ensalada, verduras, frutas, lácteos... necesarios en toda dieta variada y equilibrada.
Esto podría ocasionar un desequilibrio nutricional y adoptar hábitos alimentarios que se pueden calificar de poco saludables. Para una correcta alimentación, es esencial que la dieta sea variada y equilibrada.
Comida rápida.
El concepto comida rápida (del inglés conocido también como fast food) es un estilo de alimentación donde el alimento se prepara y sirve para consumir rápidamente en establecimientos especializados.
Una de las características más importantes de la comida rápida, es que puede consumirse sin el empleo de cubiertos, algunos ejemplos son pizza, hamburguesas, pollo frito, tacos, sandwiches, patatas fritas, aros de cebolla, etc; característica que permite diferentes tipos de servicio: consumo en local, recogida en local y consumo en la calle o a domicilio, entrega domiciliaria.
Debido a que el concepto de la comida rápida se basa en velocidad, uniformidad y bajo costo, la comida rápida se hace a menudo con los ingredientes formulados para alcanzar un cierto sabor o consistencia y para preservar frescura. Esto requiere un alto grado de ingeniería del alimento, el uso de añadidos y las técnicas de proceso que alteran substancialmente el alimento de su forma original y reducen su valor alimenticio. Esto hace que sea habitualmente calificada de comida basura.
Las consecuencias de consumir comida rápida.
Comer mucha comida rápida y hacer muy poco ejercicio puede destruir el hígado, según los resultados de un pequeño estudio efectuado en Suecia.
En el estudio, 18 voluntarios adultos, saludables y en buen estado físico que restringieron su actividad física a no más de 5.000 pasos diarios y que consumieron comida rápida al menos dos veces al día durante cuatro semanas mostraron signos claros de daño hepático y subieron de peso. Sin embargo, otro grupo de voluntarios, que coincidía con los miembros del primer grupo en edad y género, mantuvo una dieta normal y no desarrolló síntomas de problemas hepáticos ni engordó.
El equipo del doctor Fredrik H. Nystrom, del Hospital Universitario de Linkoping, en Suecia, dio a conocer sus hallazgos en la revista médica Gut. Los investigadores diseñaron su "desafío de la comida rápida" para ver qué impacto tenía sobre la salud del hígado duplicar la cantidad de calorías consumidas a diario y aumentar el peso corporal entre un 10 y un 15%.
Después de las cuatro semanas de seguimiento, los consumidores de comida rápida habían engordado en promedio unos 6,5 kilos. Cinco aumentaron su peso un 15% y una persona subió 12 kilos en sólo dos semanas.
Asimismo, después de sólo una semana de seguir la dieta de comida rápida, las pruebas sanguíneas mostraron aumentos importantes en la enzima hepática llamada alanina aminotransferasa (ALT). Los niveles de la ALT se cuadruplicaron durante las cuatro semanas del estudio.
Los médicos suelen usar los aumentos en la ALT y otras enzimas para diagnosticar enfermedad hepática antes del desarrollo de síntomas. En 11 de los voluntarios sometidos al régimen de comida rápida, los niveles de la ALT alcanzaron niveles que sugerían daño en el hígado.
Los aumentos en la enzima ALT se relacionaron con el incremento de peso y el mayor consumo de azúcar y carbohidratos. Tener demasiada grasa en el hígado es otra señal de daño.
Sin embargo, sólo uno de los consumidores de comida rápida desarrolló un "hígado graso", aunque los resultados de las pruebas en otros participantes revelaron un aumento importante en el contenido graso de las células hepáticas, lo que se relaciona con la resistencia a la insulina, precursora de la diabetes.
Ninguno de estos cambios se observaron entre los pacientes de la cohorte de comparación, que llevaron adelante una dieta normal.
Conoce la ingesta máxima recomendada de sal
Es necesaria para mantener el equilibrio de líquidos en nuestro cuerpo y para regular el ritmo del músculo cardíaco, entre otras importantes funciones. Las recomendaciones de sal son, sin embargo, muy bajas.
La cantidad recomendada de sodio al día para un adulto sano es de 2,400 miligramos. (2.4 gramos). Esto quiere decir que una cucharadita de sal aporta alrededor de 2,400 miligramos de sodio, nuestro requerimiento diario, pero como debemos descontar la cantidad que nos aportan los alimentos, es recomendable sólo añadir pizcas de sal al preparar nuestras comidas y evitar el uso del salero en la mesa. Los expertos aconsejan moderar el consumo y educar al paladar desde la infancia para evitar futuros problemas de hipertensión o corazón.
Una encuesta a miles de dueños de 11 cadenas distintas de comida rápida reveló que sus alimentos contenían alrededor de más de 1.700 miligramos (mg) de sodio. Las guías de salud en Estados Unidos recomiendan no consumir más de 1.500 mg de sodio por día.
"El sodio era alto en todas las cadenas de comidas que estudiamos, en especial, la densidad del sodio", dijo Christine M. Johnson, del Programa de Prevención y Control de las Enfermedades Cardiovasculares, del Departamento de Salud e Higiene Mental del Departamento de la Ciudad de Nueva York.
Consumir demasiada sal aumenta el riesgo de hipertensión. Y a la gente le cuesta controlar su consumo, en especial desde que más de tres cuartos de la sal consumida proviene de los alimentos en restaurantes y empaquetados, publicó el equipo de Johnson en Archives of Internal Medicine.
Casi el 60 por ciento de las compras incluyeron más de 1.500 mg de sodio. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA por su sigla en inglés) considera que consumir 600 mg de sodio por comida es "saludable". Sólo el 3 por ciento de las comidas reunía ese requisito y el 20 por ciento superaba los 2.300 mg.
En promedio, las comidas contenían unos 2.100 mg de sodio por cada 1.000 calorías.
Consejos para disminuir tu consumo de sodio.
• Elimina el salero de tu mesa.
• Disminuye la cantidad de sal y productos altos en sodio al cocinar. Recuerda que los cubitos, consomés, sazonadores de carne, salsa soya, salsa inglesa (Worcestershire) y muchos otros condimentos contienen una cantidad elevada de sodio.
• Para dar sabor a tus comidas sin agregar sodio, cocina utilizando especies y hierbas naturales.
• Remoja y escurre los alimentos enlatados antes de consumir para disminuir un poco el contenido de sodio.
• Trata de irte a lo natural. Recuerda que todo producto procesado contiene más sodio que un producto natural.
• Selecciona productos bajos en sodio.
Recomiendan aumentar los impuestos de la comida rápida para reducir la obesidad.
Investigadores estadounidenses recomiendan aumentar los impuestos de las bebidas azucaradas y la comida rápida hasta el 18 por ciento al observar que así se podría reducir la obesidad de la población, ya que estimaron que un adulto norteamericano podría moderar su consumo de calorías hasta reducir dos kilos al año.
El equipo, que publicó su estudio en la revista «Archives of Internal Medicine», sugirió que el impuesto podría usarse como «un arma en la lucha contra la obesidad», que cuesta a Estados Unidos alrededor de 147.000 millones de dólares por año. «Pese a que estas medidas no resolverán la epidemia de obesidad en su totalidad y podría se una medida contraria para los fabricantes y vendedores de alimentos, podrían ser una importante estrategia para resolver el consumo excesivo», señala el equipo liderado por Kiyah Duffey, de la University of North Carolina en Chapel Hill (EE.UU.).
El equipo de Duffey analizó las dietas y el estado de salud de 5.115 adultos de entre 18 y 30 años entre 1985 y el 2006. Los especialistas compararon los precios de los alimentos durante ese período. En 20 años, un aumento del coste del 10 por ciento estuvo asociado con una caída del 7 por ciento en la cantidad de calorías consumidas provenientes de refrescos y del 12 por ciento por el consumo de pizza.
El equipo estimó que aplicar un impuesto del 18 por ciento a estos alimentos podría reducir en un 56 por ciento el consumo diario de calorías de una persona, lo cual equivaldría a una pérdida de peso de 2 kilos por año. «Nuestros resultados sugieren que las políticas a nivel nacional, estatal o local para alterar el precio de los alimentos y bebidas menos nocivos podrían ser un mecanismo para lograr que los adultos adopten una diete más saludable», dijo.
En su opinión, esta política también «podría ayudar a reducir el consumo de calorías y potencialmente contribuir a la pérdida de peso y a una caída de la incidencia de la diabetes entre los adultos estadounidenses». Actualmente, California y Filadelfia mantienen una legislación que agrava el impuesto sobre los refrescos con el fin de limitar el consumo. Además, teniendo en cuenta que dos tercios de los estadounidenses tienen sobrepeso u obesidad, los políticos cada vez están más de acuerdo con la idea de aplicar impuestos como una alternativa para lidiar con la enfermedad al nivel de la población.
El director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés), el doctor Thomas Frieden, apoya este tipo de medidas, al igual que la Asociación Estadounidense del Corazón. Por su parte, los doctores Mitchell Katz y Rajiv Bhatia, del Departamento de Salud Pública de San Francisco (EE.UU.), dijeron que los impuestos son una forma apropiada de corregir el mercado, que favorece la elección de comidas poco saludables sobre los alimentos que protegen el bienestar físico.
Así, señalaron que el Gobierno debería considerar seriamente esta subida de impuesto a los alimentos que contribuyen a la obesidad.
Macdonalds
Las calorías de la comida rápida
Cuando hablamos de comida rápida, muchas veces se dibuja en nuestra mente una hamburguesa, pero esta denominación engloba muchos más alimentos, tales como la pizza, patatas fritas, sándwiches y demás, ya que es la calidad de la comida la que nos permite denominarla comida basura o chatarra.
Para que sepamos un poco más al respecto y conozcamos acerca de su calidad nutricional, te mostramos las calorías de la comida rápida, siendo la mayor parte de éstas, derivada de grasas de mala calidad, así como de harinas refinadas y azúcares simples. Todo ésto sin considerar el sodio que estos alimentos suelen tener que también resulta nocivo en elevadas cantidades.
La comida rápida en calorías
Una hamburguesa completa incluida en cualquier menú de un comercio de comida rápida posee entre 500 y 600 calorías.
Una simple hamburguesa con queso (cheeseburger) posee 350 calorías.
Una porción mediana de patatas fritas posee en promedio 400 calorías.
Un vaso de Coca Cola mediano posee 200 calorías.
Un sándwich simple de jamón cocido y queso posee 250 calorías.
Un sándwich con 100 gramos de pan, jamón, queso, lechuga, tomate y mayonesa posee alrededor de 400 calorías.
Un helado chico (1/taza) posee alrededor de 190 calorías.
Una hamburguesa de pollo sin huevo frito posee alrededor de 400 calorías.
Dos porciones de pizza (2/8) poseen en promedio 360 calorías.
Una porción mediana de aros de cebolla fritos posee 370 calorías.
Un perro caliente pequeño posee 350 calorías.
Como podemos ver, muy pocas de las comidas rápidas que encontramos en la actualidad son bajas en calorías y la mayor parte de ellas, poseen en su composición, poca o nula cantidad de fibra, vitaminas y minerales, pero por el contrario, poseen carnes grasas, salsas, azúcares simples en el caso de refrescos, harinas refinadas y mucho sodio.
Un menú en un local de comida rápida que incluya hamburguesa, refresco mediano y patatas fritas, puede alcanzar fácilmente las 1000 calorías, todo ésto sin contar postre, con el cual podemos agregar entre 400 y 600 calorías más.
Con estos números, claro está que la comida basura no es para comer todos los días, sino que, lo recomendable es limitarnos a consumirla ocasionalmente, ya que un exceso de calorías por un día no nos hará ganar peso, pero no sucederá lo mismo si continuamente superamos las calorías que necesitamos para equilibrar con el gasto diario.
Más argumentos contra la comida rápida.
Un estudio aporta nuevos argumentos contra la comida rápida, ya que nuevamente ha encontrado una relación directa entre ella y el aumento de obesidad.
El estudio, realizado en el departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, y dirigido por el catedrático Miguel Ángel Martínez González, ha sido publicado en la revista más prestigiosa en el campo de la nutrición, "American Journal of Clinical Nutrition". Se llevó a cabo sobre 7.000 varones y mujeres de mediana edad y contempló factores como la ingesta diaria de calorías, el consumo de alcohol, la actividad física, el tabaquismo y otros.
La conclusión más importante a que ha llegado es que existe una relación directa entre la llamada "comida rápida" (refrescos, hamburguesas, pizzas, salchichas,...) y la obesidad. Además, la ingesta de estos productos supone la ausencia en la dieta de otros mucho más sanos, como pescado, fruta, cereales, verduras y lácteos.
Tan estrecha ha resultado esta relación que el estudio considera a la comida rápida como un factor responsable de la epidemia de obesidad que amenaza gravemente la salud de los ciudadanos de España y Europa, y que comenzó en Estados Unidos. Porque esta dieta no sólo aporta más calorías que la mediterránea, a la que está desplazando en nuestro país, sino que también es de peor calidad: exceso de grasas saturadas, falta de fibra y abundancia de ciertos azúcares (en los refrescos) que favorecen la acumulación de grasa.
Por el bien de nuestro peso y nuestra salud, tenemos que intentar, cada uno de nosotros, mantener la dieta mediterránea y huir de las costumbres alimenticias importadas. Y, además, convencer a los que nos rodean (especialmente a nuestros hijos, los más desprotegidos) para que sigan el mismo camino.